En el intento de ayudar a las personas a resolver sus conflictos interiores, causa de sus malestares psíquicos, he comprendido que muchas técnicas psicoterapéuticas, que pueden parecer más rápidas y sencillas, pronto resultan ser más lentas, complicadas y caras. Al no ir a la fuente del problema, sino encarar simplemente sus manifestaciones exteriores (síntomas), no producen un verdadero cambio, sino un efecto "cosmético", agradable de ver y aparentemente curativo, pero sin arraigo real en la persona.
Al centrarse en el "problema actual", desconocen sus fuentes y sus puntos de partida, conformándose con eliminar la molestia superficial. Sin embargo, el conflicto que produjo ese "problema actual" no ha sido resuelto, ni siquiera rozado; por lo que volverá a manifestarse en la misma forma... o en otra completamente distinta. Esto da pie a algunos especialistas a tratar el "nuevo problema actual", como si fuera una cuestión distinta y no efecto de la misma causa. Y les permite una y otra vez hacer terapias que presumen de breves... pero que terminan siendo más prolongadas que un buen psicoanálisis.
Esta psicoterapia se orienta a descubrir y modificar la relación de fuerzas existentes en el psiquismo de los pacientes, en el entendimiento que esa modificación producirá inevitablemente cambios en la vida cotidiana de las personas implicadas. Acompañando a la persona que consulta en el recorrido por su historia vital, investigando los problemas que la han llevado a la encrucijada actual; esa búsqueda lleva, necesariamente, a descubrir en qué actitudes propias de la persona se afirman las cosas de las que se quejan, y por qué las personas sostienen esas actitudes, aún sabiendo que conllevan el malestar que soportan. Una vez descubiertas estas razones, cambiar las actitudes resulta sencillo. Y el cambio en la persona produce el cambio en el entorno.
Para mejorar, cada persona necesita hacerse responsable de lo que le sucede. No valen excusas como "la culpa la tiene el otro", "no puedo hacer otra cosa", "estoy obligado por mis circunstancias", etc. Estas excusas y justificaciones sólo sirven para intentar diluir la culpa de lo que nos ocurre y mantener los ojos bien cerrados a las verdaderas causas del problema. Pueden servir para consolarnos un tiempo, pero pronto se demuestran inútiles e insuficientes para disminuir el dolor de existir y la molestia de la vida cotidiana.
En cambio, cuando una persona asume su responsabilidad en la guía y control de su propia vida, deja de necesitar cualquier tipo de justificaciones para sus acciones. Toma las decisiones que cree convenientes, las lleva adelante y se hace cargo de las consecuencias de las mismas. Hará frente a las consecuencias de sus actos sin intentar encontrar un culpable en el entorno. Esto lo deja en mejor posición para rehacerse e intentar una nueva empresa vital, ya que no consume enormes cantidades de energía psíquica en tratar de auto-justificarse.
Malestares, dolores, e inhibiciones psicológicos. Por supuesto que los malestares físicos, derivados de una enfermedad orgánica, no pueden ser combatidos con psicoterapia. Sin embargo, una modificación en la posición psíquica de la persona enferma no sólo ayuda a sobrellevar más fácilmente el problema, sino que muchas veces colabora con la recuperación física de la misma.
Carlos Torta Aguilar
MN 10504